Ver para (no) creer. Ver para (no) recordar

¿A qué edad aprendiste a montar en bicicleta?, ¿a qué edad fue tu primer beso?, ¿cuántos años tenías cuando se separaron tus padre?, ¿hace cuántos años te dedicas a la fotografía?, ¿cuántos años de diferencia tienes con tu hermano?.
10, 13, 17, 10, 4.
La edad sirve como marcador para la experiencia humana dentro del mapa mental en el que se ubican las memorias. Así que los cumpleaños sirven como representación simbólica de un cambio que de otra manera no se haría visible, rituales de pasaje disfrazados de celebración, especialmente durante la niñez.
Leí que la amnesia infantil comienza a entrar en efecto alrededor de los 10 años, los recuerdos de la primera infancia se hacen difusos hasta desaparecer, el umbral del recuerdo suele estar entre los 3,5 y 4 años.
A partir de ese momento la memoria autobiográfica de esos años se traslada a terceros y a objetos, entre los que las fotografías, sin duda, reclaman un lugar importante como marcadores, particularmente las que están relacionadas con un momento transformativo, como un cumpleños. Esas fotografías que ocupan espacios importantes dentro del álbum familiar, el niño alrededor del pastel.
Para mí es difícil recordar quién era cuando tenía 3, 4, 5 años, sé de la niña que describen mis padres, percibo una identidad que se construye colectivamente por mis familiares, a la que no puedo agregar mucho más que anécdotas. Cuando cumplí 4 años mis padres organizaron una fiesta a la que pude invitar amigos de la guardería, pero hubo una confusión, ellos dieron los nombres a la profesora pero el día de la celebración llegó un niño por equivocación y yo me sentí tan agobiada que fui grosera con él y me encerré en mi habitación. Puedo construir ese recuerdo viendo una fotografía en la que hay un 4 en el pastel, veo a una niña desconocida a mi lado que deduzco era estudiante en mi guardería, y uno todo eso con un recuerdo borroso pero punzante de mi crueldad con el niño que llegó a mi casa con un regalo en sus manos.
Hay algo terriblemente nostálgico en las fotografías de la niñez, son recuerdos que nos pertenecen pero que no conseguimos aprehender con veracidad. La construcción de esos recuerdos queda en manos de quienes están ahí como espectadores, esa sensación de ficción escrita por alguien más se hace visible en fotografías de Julie Blackmon y Holly Andres, en las que se puede percibir algo que no parece ser natural, aunque hay una pretensión de espontaneidad, el velo de la ficción se puede deducir en detalles propios del lenguaje fotográfico, elementos que difícilmente suceden de manera casual, como la perfección artificial de la luz en la escena de Holly Andres y la composición precisa formada con personajes en la escena de Julie Blackmon.
Otras aproximaciones a la escena de la celebración tienen una vena más emocional, bien pueden ser fotografías que antaño hacían parte del álbum familiar pero han sido revisitadas y alteradas manualmente como hace Carolle Benita, o fotografías que cumplen una función documental pero que más que eso son recuerdos cargados de sentimentalismo como las de Tina Barney, incluso imágenes que no pretenden parecer naturales porque lo importante es la representación de un momento emotivo como en el caso de Cig Harvey.
Fotografiar niños pequeños permite al autor un papel más transformativo en la imagen, una impresión que puede trasladarse a la memoria del sujeto cuando pasen los años y este deba revisitar fotos viejas para entender momentos y recuerdos que se le escapan. Al mirar fotografías que nos relatan momentos que no recordamos, quedamos a merced de lo que podamos deducir de la imagen, además terminamos enlazando las pistas que nos entrega la foto, con los testimonios de quienes estuvieron allí, el resultado está plagado de particularidades que no necesariamente son representativas de la realidad del momento.
¿Existe una realidad inequívoca en la memoria?, ¿Es posible delimitar los recuerdos?.
Aún con fotos y fechas como marcas temporales, lo que podemos aprehender son retazos de una imagen parcial, testamento de la capacidad narrativa de quienes nos entregan los relatos. No creo que exista una realidad inequívoca en la memoria, dudo que sea posible delimitar los recuerdos. Ver no es creer, ver no es recordar, aunque pueda ser bonito intentarlo.