New Topographics: fotografiando la caducidad

El Yosemite de Ansel Adams, un paisaje que parece hablar de seres celestiales, Dios parado allí arriba, no en el cielo, sino en la cúspide de la roca más alta, como una pintura de Caspar David Friedrich. Lo que está al frente no es algo bello, es algo sublime y amenazante, porque parece infinito, ¿cuántas piedras hay allí arriba?, ¿cuántos pájaros habitan esos árboles?, ¿cuántos litros de agua?, ¿cuántas estrellas?.
Nunca he visitado Yosemite, así que no puedo hablar de un encuentro directo con los paisajes de Ansel Adams, pero se me ocurre un viaje que hice cuando tenía 17 años, en el que conocí las cataratas del Niágara. Mirar, escuchar y sentir la caída del agua fue memorable pero no puedo decir mucho más que eso. Las cosas que me inspiraron y me conmovieron no fueron las vistas del paisaje natural, el paisaje humano lo sentí mucho más próximo y bello, y no hablo de las personas, hablo del cemento, de lo caduco. Durante mi viaje en carretera desde NY hasta Toronto vi muchos paisajes naturales, árboles y montañas, pero debo decir que no los recuerdo, lo que recuerdo con mucha precisión son los pueblos pequeños en los que sobresalía una M de McDonalds, esos que desaparecen rápido por la velocidad del auto, los moteles de carretera, las casas en medio de la nada y las partes de la ciudad que están antes de que empiece el campo, las partes olvidadas. Mi Niágara no es la que aparecería en una fotografía de Ansel Adams, sino en una de Alec Soth.
Hace 42 años fue presentada la exposición ‘New Topographics: Photographs of a Man-altered Landscape’, bajo la curaduría de William Jenkins en el Museo George Eastman. Los paisajes con los que Jenkins construyó una de las exposiciones más importantes de la historia de la fotografía contemporánea, eran lejanos a las vistas épicas que se relacionan tradicionalmente con la fotografía de paisaje.
Bernd y Hilla Becher, Frank Gohlke, Robert Frank, Stephen Shore, Nicholas Nixon, Lewis Baltz, Joe Deal, Henry Wessel Jr. y John Schott. El referente de los autores de ‘New Topographics’ no era un Caspar David Friedrich, más bien Edward Hopper y Ed Ruscha con sus 26 estaciones de gasolina. Lo banal, lo finito, lo gris, lo que es más humano porque es anodino y artificial.
Valdría considerar que los nuevos ‘New Topographics’ serían fotógrafos como Alec Soth que enseñan los lugares que han visitado con tremenda honestidad, presentando retratos humanos del territorio, donde la marca de cada lugar es la experiencia humana, las voces y los colores que alteran el paisaje, aguas contaminadas y montañas de suelo pelado. La idea romántica de Estados Unidos como hogar glamuroso de estrellas de cine y sueños americanos está ausente en la fotografía de autores como William Eggleston y Todd Hido.
Caracterizar la fotografía de viaje es difícil, ahora que el viaje se vende menos como un paisaje de postal y más como una experiencia que podemos habitar, fotos de playas en las que en primer plano aparecen las piernas bronceadas de una mujer que se sienta a disfrutar del paisaje. La clave de todo ello es que parece ser replicable, si tan sólo pagamos el pasaje de avión podremos estar allí, tomar la misma foto y poner los mismos hashtags, la esencia no dista mucho de la mencionada foto típica de una postal, porque lo importante es que la fantasía que se nos promete en la postal es la misma que se nos venden en la agencia de viajes. Lo contradictorio es que aunque las fotografías de los fotógrafos mencionados nos enseñan situaciones cotidianas, las escenas de Soth o de Shore, a pesar de su aparente banalidad, son inalcanzables porque no son estáticas, no nos esperan en un sitio turístico, eso les otorga una cualidad monumental, esa misma cualidad monumental de las pinturas de Edward Hopper, porque aunque no podamos adivinar presencias celestiales o amenazas sublimes, nuestra propia experiencia como seres humanos nos obliga a sentir una cercanía extraña, una suerte de espejo de nuestra propia caducidad.